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sábado, 17 de octubre de 2026

El museo crece: plato petitorio o limosnero

Plato circular de base plana con pie recto, cuello alto cóncavo con gallones rehundidos y labio plano exvasado, con tres orificios y sarta de hojas.

El asiento central, un girasol de pétalos, se encuentra demarcado por dos bandas de círculos concéntricos. Presenta la inscripción rodada, en letras góticas: “DER I: IN FRIED GEWART”, que significa: “aquel a quien concede la paz”, y que se repite cuatro veces. 

Otras plegarias comunes eran: “María ayúdanos en el peligro”, “Dios con nosotros” o “Dios da la paz”.

Presenta un agujero central, que sería donde se insertaría una figura de pequeñas dimensiones.

Los platos realizados en azófar o latón se incluyen dentro de un tipo de producción que los franceses denominan dinanderies por la importancia que alcanzó la localidad belga de Dinant en la fabricación y comercio de estas manufacturas durante la Edad Media. 

Tras la conquista en 1466 del condado de Flandes por parte de Felipe III el Bueno, duque de Borgoña, Nuremberg dominará la fabricación de piezas de cobre y latón hasta mediados del siglo XVII. 

Durante más de dos centurias la importante corporación de los rotschmiede (artesanos del cobre) de Nuremberg se hizo prácticamente con el monopolio de la exportación a toda Europa. Incidió en ello, tanto la gran calidad de las aleaciones utilizadas, como la tupida red comercial de distribución organizada por los propios talleres que exhibían con orgullo la marca de su rotschmeister (maestro del cobre) como garantía de calidad contrastada.

Estas piezas llegarán a nuestro país, vía Flandes, por los puertos del Cantábrico entre el último cuarto del siglo XV y primer tercio del siglo XVI. 

Aunque en origen la función de estos platos o bandejas pudiera haber sido decorativa, sin embargo, queda claro el uso litúrgico de los mismos tanto por los inventarios de iglesias como por los motivos religiosos en las representaciones y leyendas que contienen. Así, se mencionan las “bazinicas” para la limosna, las “bacías de azófar” para el bautismo, para recoger los restos de aceite de las lámparas o la cera de las velas, o para ungir a los moribundos con los santos óleos de la extremaunción. 

Esta serie de objetos labrados en latón gozaron de gran fortuna entre la clientela eclesiástica y civil por su gran atractivo y asequible precio. Se utilizaba este metal por la apariencia lujosa que le confería su brillo y color dorado. El hecho de que no fuesen realizados en metales nobles, como el oro y la plata, evitó que fueran objetos de rapiña como otras piezas de los ajuares litúrgicos de las iglesias, ni perecieron fundidos por cambio de gusto o necesidades económicas.

Los temas son recurrentes, incorporando un repertorio iconográfico sencillo y universal que facilitara sus ventas en las ferias y que sirviera para cualquier iglesia, fuera cual fuera su advocación. Predominan los de Adán y Eva, la Anunciación, la Virgen con el Niño, santos en general, etc. Igualmente nos encontramos con platos de tema vegetal, con representaciones de girasoles y capullos de flor.

En el siglo XIX, decoraban las paredes de las casas y palacios de la época.


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